Suelo querer, suelo caer, del suelo me levanto y vuelvo a
emprender un recorrido que es más mío que antes, del cual me apropio con ganas
y asumo la incuestionable responsabilidad de la monada vital que vive en mí.
Prefiero este momento, prefiero el presente, es único y
real. Y lo que siento me envuelve a veces en movimiento ascendente pero no solo
eso, también la rutina es fantástica. Y todo sigue su curso.
Ruedo hacia arriba y ruedo hacia abajo, en los costados encuentro
sensaciones que se adaptan a cualquier oscilación repentina del alma. Vuelvo a
mí. Una vez más. Vuelvo a mí. Las veces que sea necesario. Hasta que ese estado
se armonice y me vuelva luminosa, clara y blanca como un loto.
Entonces lo que precede se manifiesta maravilloso, y procede
en milagros que no pueden ser contados aún. Porque precede de un lugar de
sufrimiento y procede hacia un sitio más cálido y cómodo donde la felicidad es
posible. Y eso, eso si hay que cuidarlo.
Mantengo la llama encendida. Mantengo la brasa incandescente.
Mantengo el olvido lejos de dos pestañeos. Y tu lugar favorito pareciera ser en
mis besos, que te absorben y se abstraen del entorno, del ruido, de los
sentidos, solo el tacto de nuestro amor, nuestra saliva, nuestras lenguas
jugando y apretando los labios con suavidad. Y yo te digo que te amo en mi
pensamiento.
Digo más de lo que debería a veces, pienso en decir menos de
lo que realmente preciso y ocasionalmente digo lo justo, exacto y precoz en su
intuición inteligente. Allí yace la multitud de emociones y yergue y emerge
lúcido el constante querer ser mejor.
Sin conclusiones, de vez en cuando. Estas ilusiones tienen
nombre y apellido. Etapa de resumir un millón de cuentos. Pero olvidé como
empezaban algunos, como concluían otros y el nudo de la mayoría. Quizás puedo
armar un rompecabezas y unir las historias contadas jamás dichas.
¿Quién diría que una vela podría traer tanta alegría? Yo la
prendo para mi Dios, para su hijo y su hermoso espíritu santo. Pido por vos,
por mi y por nuestro amor.