Persigo un sueño, el
de ser feliz. Anhelo poder realizarme como artista y que mis canciones suenen tal
y como las siento al componerlas.
Que el tic tac no me
agobie, que no se alimente de mis miedos. Que el reloj se detenga, y que huya de
mi creatividad como si un toro quisiera levantarlo por el muslo. Si el reloj
fuese una persona y suponiendo que el tiempo tuviese un rostro, que al verme
cierre los ojos y haga de cuenta que no existo. Y me de todo ese recreo
para entenderme. Podríamos hacer trampa. Y que las horas se derritan en un
día eterno en el cual comprendo la simpleza de la existencia.
Y durase un segundo de mí semana: una semana en mi segundo.
Acariciando a mí mejor amigo “Quien”, un
perro negro como un cielo sin luna, y brillante como el reflejo de esa luna
inexistente, ahora viva sobre un lago dormido. Ojos café y avellana. Ver en sus
ojos y que mis horas sean meses. Y fundirnos en una charla silenciosa, hablando
entre corazones enamorados. Hablando solo con la mirada, solo con el tacto de
un abrazo. Y así que mis años sean siglos, y que pueda vislumbrar el futuro
donde miro hacia atrás y sonrío al estar plenamente satisfecha con el camino
recorrido.
Ir despacito en este
recreo que el tiempo y yo pícaramente pactamos darnos. Una trampa, de la que
nadie sabe. Y la tristeza se descomprime… el presente es inmenso.